sábado, 4 de febrero de 2012

PEDRO II EL MAGNÁNIMO, ÚLTIMO EMPERADOR DE BRASIL (I)

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Pedro II nació el día 2 de diciembre de 1825 en el palacio de São Cristóvão en Río de Janeiro. Su nombre completo era Pedro de Alcântara João Carlos Leopoldo Salvador Bibiano Francisco Xavier de Paula Leocádio Miguel Gabriel Rafael Gonzaga.
Por parte de padre, el emperador Pedro I, era miembro de la rama brasileña de la Casa de Braganza y su nombre era precedido por el título honorífico de don desde su nacimiento. Era nieto del rey portugués Juan VI y sobrino de Miguel I. Su madre era la archiduquesa María Leopoldina de Austria, hija de Francisco I, último monarca del Sacro Imperio Romano-Germánico. Por parte de madre, era sobrino de Napoleón Bonaparte y primo de los emperadores Napoleón III de Francia, Francisco José I de Austria-Hungría y Maximiliano I de México.
Fue el único hijo varón y legítimo de Pedro I que sobrevivió a la infancia y fue reconocido oficialmente como heredero al trono brasileño con el título de príncipe imperial el 6 de agosto de 1826. La emperatriz Leopoldina murió el 11 de diciembre de 1826, poco días después de dar a luz a un niño que nació muerto y cuando Pedro sólo tenía un año.
Dos años y medio después de la muerte de Leopoldina, el emperador volvió a casarse con Amelia de Beauharnais. El príncipe Pedro tampoco pasó mucho tiempo con su madrastra aunque tuvo con ella un vínculo afectuoso  hasta la muerte de la emperatriz viuda en 1873.
El emperador Pedro I abdicó el 7 de abril de 1831, tras un largo conflicto con la facción liberal con poder en el parlamento. Él y Amelia salieron  hacia Europa donde Pedro I iba a restaurar a su hija María II en el trono de Portugal que  había sido ocupado por el hermano de éste, Miguel I. El príncipe imperial Pedro se convirtió entonces en Pedro II, «emperador constitucional y defensor perpétuo de Brasil.»
La educación de Pedro II estuvo muy bien cuidada para incentivar valores y una personalidad diferente de la impulsividad e irresponsabilidad que caracterizaron a su padre. Su pasión por la lectura le permitió asimilar cualquier tipo de información y tenía una gran capacidad para acumular conocimiento con facilidad.
El emperador tuvo una infancia solitaria e infeliz. La pérdida súbita de sus padres lo perseguiría toda su vida; tuvo muy pocos amigos de su edad y el contacto que tuvo con sus hermanas fue limitado. El ambiente en el que fue criado lo convirtió en una persona tímida y carente de cariño que buscaba refugio en los libros y al mismo tiempo le proporcionaba una fuga de su mundo real.

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Retrato de S.M.I. Pedro II a los catorce años

La entronación de Pedro II en 1831 supuso el inicio de un periodo de crisis, el más inestable de la historia de Brasil. Se creó una regencia para gobernar en su lugar hasta que alcanzara la mayoría de edad. No obstante, las disputas entre las facciones políticas tuvieron como resultado una serie de rebeliones y crearon una situación casi anárquica bajo este periodo de regencia.
La posibilidad de adelantar la mayoría de edad del joven emperador, en lugar de esperar a que cumpliera 18 el 2 de diciembre de 1843, se tenía en consideración desde 1835.  La idea fue apoyada, de cierta forma, por los dos principales partidos políticos. Se creía que aquellos que lo ayudaran a tomar las riendas del poder estarían en posición de manipular al joven emperador. Aceptaron a Pedro II como una figura de autoridad cuya presencia era indispensable para la supervivencia del país. El pueblo brasileño también apoyaba el adelanto de la mayoría de edad, y consideraban a Pedro II «el símbolo vivo de la unión de la patria»; esa posición le otorgó, a ojos del público, mayor autoridad que la de cualquier monarca.
Los que defendieron la inmediata declaración de mayoría de edad de Pedro II redactaron una moción pidiéndole al emperador que asumiera plenos poderes.
El 23 de julio de 1840, el parlamento brasileño declaró formalmente a Pedro II mayor de edad con 15 años. Por la tarde, el emperador prestó juramento a la constitución. Fue aclamado, coronado y consagrado el 18 de julio de 1841.

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Coronación de Pedro II

El fin de la regencia estabilizó el gobierno. Con un monarca legítimo en el trono, la autoridad se revistió con una voz clara y única. Pedro II entendía su papel como el de un árbitro que dejaba sus ideas de lado para que no afectaran a su deber de moderador de las disputas políticas entre los partidos. El joven monarca era dedicado y realizaba inspecciones diarias personalmente y visitaba las administraciones públicas. Sus súbditos estaban impresionados con su aparente autoconfianza, a pesar de que su timidez y su falta de capacidad para desenvolverse en diferentes situaciones eran vistas como defectos. Su carácter reservado y el hecho de hablar con solo una o dos palabras hacían las conversaciones extremadamente difíciles. Su naturaleza taciturna era una manifestación de su miedo a las relaciones cercanas que tenía su origen en las vivencias de abandono, intriga y traición que tuvo en la infancia.
Entre bambalinas, se creó un grupo de siervos de palacio de alto cargo y notables políticos conocidos como "Facción Cortesana" (Facção Áulica) o "Club da Joana" por la influencia que tenían sobre el joven emperador. Pedro II fue utilizado con maestría por los cortesanos para eliminar a sus enemigos a través del alejamiento de sus rivales. El acceso a la persona del monarca por políticos rivales y la información que este recibía estaban cuidadosamente controlados. Una ronda continua de asuntos de gobierno, estudios, eventos y apariciones personales, usadas como distracciones, mantuvieron al emperador ocupado, aislado de forma efectiva y le impedían darse cuenta de cómo estaba siendo explotado.
Los cortesanos estaban preocupados con la inmadurez del emperador y creyeron que un matrimonio podía mejorar su comportamiento y su personalidad. El gobierno del Reino de las Dos Sicilias ofreció la mano de la princesa Teresa Cristina. El retrato que estos enviaron reveló que se trataba de una mujer joven y guapa, lo que llevó a Pedro II a aceptar la propuesta. Se casaron por poderes en Nápoles el 30 de mayo de 1843 y la nueva emperatriz de Brasil desembarcó en Río de Janeiro el 3 de septiembre. Al verla en persona el emperador sufrió una decepción ya que el retrato estaba claramente idealizado. Teresa Cristina era una mujer baja, con algo de sobrepeso, coja y aunque no era fea, tampoco era guapa. El emperador no ocultó su decepción. Uno de los presentes afirmó que el emperador le dio la espalda a Teresa Cristina. Horas y horas fueron necesarias para convencerlo de que el deber le exigía que siguiera adelante con el matrimonio. Una celebración nupcial, con la ratificación de los votos, se realizó el día siguiente, el 4 de septiembre.

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S.M.I. Teresa Cristina, Emperatriz consorte de Brasil


En 1846, Pedro II ya había madurado física y mentalmente. Con su crecimiento, sus debilidades desaparecieron y sus cualidades salieron a la luz. Aprendió no solo a ser imparcial y dedicado, sino también cortés, paciente y sensato. A medida que comenzó a ejercer por completo su autoridad, sus nuevas habilidades sociales y su dedicación en el gobierno contribuyeron enormemente a dar una imagen pública de eficiencia.
A finales de 1845 y principios de 1846, el emperador realizó un viaje por las provincias más al sur de Brasil y pasó por São Paulo, Santa Catarina y Río Grande do Sul y se sorprendió de la bienvenida tan entusiasta y calurosa que recibió en todas las provincias. Este periodo supuso el fin de la "Facción Cortesana". Pedro II eliminó con éxito toda influencia que los cortesanos tenían y los alejó de su círculo íntimo al mismo tiempo que evitaba alteraciones públicas.
Pedro II se enfrentó a tres graves crisis entre 1848 y 1852. La primera fue la lucha contra el tráfico ilegal de esclavos provenientes del continente africano, que había sido legalmente abolido como parte de un tratado con Gran Bretaña. El tráfico continuó y por ello el parlamento británico promulgó la Ley Aberdeen en 1845, que autorizaba a los barcos de guerra británico a abordar navíos de carga brasileños y a capturar los que estuvieran involucrados en el tráfico de esclavos.
La ley Eusébio de Queirós se promulgó el 4 de septiembre de 1850 y otorgó al gobierno brasileño una amplia autoridad para combatir el tráfico ilegal de esclavos. Con esta nueva arma, Brasil eliminó la importación de esclavos y, en 1852, Gran Bretaña reconoció que el tráfico había concluido.
La tercera crisis fue un conflicto con la Confederación Argentina relacionado con la soberanía sobre los territorios alrededor del Río de la Plata y la navegación por sus afluentes. Durante la década de 1830, el gobernante Juan Manuel de Rosas apoyó revueltas en Uruguay y Brasil y solo a partir de 1850 le fue posible a Brasil hacer frente a la amenaza que representaba Rosas. Se forjó una alianza entre Brasil, Uruguay y las provincias argentinas rebeldes, lo que provocó la guerra contra Uribe y Rosas y la posterior caída del gobernante argentino en 1852.
El éxito del imperio en las tres crisis aumentó considerablemente la estabilidad y el prestigio de Brasil. Internacionalmente, los europeos comenzaron a ver al país como un símbolo de los ideales liberales, como la libertad de prensa y el respeto constitucional a las libertades civiles. Su monarquía parlamentaria representativa contrastaba con la mezcla de dictaduras e inestabilidad de las naciones de Sudamérica durante este periodo.

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Retrato de S.M.I. Pedro II en 1853

A principios de la década de 1850, Brasil disfrutaba de estabilidad interna y de prosperidad económica. El país estaba siendo conectado de una punta a otra a través de líneas férreas, telegráficas y de barcos a vapor y se estaba convirtiendo en una única entidad. Para la opinión pública en general estos hechos fueron posibles gracias a la monarquía, y a la personalidad de Pedro II.
Pedro II no era una figura ornamental como los monarcas de Gran Bretaña ni un autócrata como los zares rusos. El emperador ejercía el poder a través de la cooperación entre los políticos electos, los poderes económicos y el apoyo popular. Esta interdependencia e interacción influyeron en la dirección del reinado.
El sistema político nacional brasileño se parecía al de cualquier nación parlamentaria. El emperador, como jefe de Estado, pedía a un miembro del Partido Conservador o del Partido Liberal que formara gobierno. El otro partido pasaría a la oposición en la legislatura, como contrapeso al nuevo gobierno. En su manejo de los dos partidos, tenía que mantener una reputación de imparcial, trabajar de acuerdo con la voluntad popular y evitar todo tipo de imposición flagrante de su voluntad en la escena política.
La presencia activa de Pedro II en la escena política era una parte importante de la estructura del gobierno, que también incluía el consejo de ministros, la Cámara de Diputados y el Senado. La mayor parte de los políticos apoyaban el papel del emperador. Muchos habían vivido durante el periodo de regencia, cuando la falta de un monarca que pudiera mantenerse por encima de los intereses propios, llevó a años de lucha entre facciones políticas. Sus experiencias con la vida pública le crearon la convicción de que el emperador era indispensable para la paz y la prosperidad permanente de Brasil.

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Retrato de S.M.I. Pedro II en 1846

Pedro II era un trabajador compulsivo y su rutina era muy exigente. Normalmente se levantaba a las siete de la mañana y no se acostaba hasta las dos de la madrugada del día siguiente. Reservaba sus días a los asuntos de Estado y el poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a leer y a estudiar. El emperador vestía a diario un sencillo frac negro con pantalones y corbata negros. En las ocasiones especiales usaba el uniforme de gala y solo aparecía vestido con el traje de emperador dos veces al año en la apertura y el cierre de la Asamblea General.
Pedro II era tan exigente con los políticos y funcionarios como consigo mismo. El emperador obligaba a los políticos a que trabajaran ocho horas al día y adoptó una política exigente en cuanto a la selección de funcionarios basada en la moralidad y el mérito. Para servir ejemplo, adoptó una forma de vida sencilla y se acabaron los bailes y los eventos de corte desde 1852. También se negó a aumentar su partida presupuestaria (800.000.000 de reales al año), que se mantuvo estable desde 1840 y pasó a representar de un 3% a un 0,5% del gasto público en 1889. Tampoco le gustaba el lujo, ya que entendía que el lujo era «un gasto inútil y un robo a la Nación.»

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