jueves, 22 de marzo de 2012

"TODOS MIENTEN"

Hay mañanas en las que, hastiado de la avalancha de noticias, generalmente desalentadoras, sobre la evolución de la crisis económica; del fragor de los partidos políticos en  lucha por escalar nuevas cimas de poder; de un mundo en definitiva lanzado en vertiginosa carrera hacia un destino tan supuesto como incierto; que tengo la tentación crecida de aislarme de todo como aquellos benditos Padres del desierto y dedicarme a lo que realmente importa.
Contemplo la vieja olma que Lope Tablada de Diego pintara en el pequeño cuadro que se situa a la izquierda del cabecero de mi cama y me concentro en sus colores, su luz, en el paisaje de Pedraza de la Sierra. Tiempos lejanos de bellas y tibias sensaciones. Serenidad.
Pero poco después también cruza por mi mente una idea, una lírica conmoción surgida de la pluma de mi gran amigo y maestro José María de Montells. ¿Y si ellos, los pintores, también mienten?.
"Todos mienten", me responde pausadamente José María, mientras apura lentamente una copa de cerveza negra alemana, sentado en ese rincón tan suyo de esa cervecería a la que, como recinto del oráculo, todos hemos acudido en alguna ocasión en busca de respuestas.
José María de Montells y Galán acaba de publicar un nuevo libro de poemas, y no me resisto a compartir la buena nueva con todos los amigos y seguidores de "Salón del Trono".
Pero no seré yo, sino él quien lo presente. Atentos...se alza el telón...




NOTA A LA EDICIÓN


Llevo tantos años seducido por la pintura, que no había reparado que toda mi obra poética y literaria, tiene un algo de escenario plástico que he visto antes. Escribo textos que previamente había soñado en un lienzo. Es, seguramente, la típica función de la imaginación, que siempre utiliza lo conocido para crear lo misterioso. Uno goza de una pequeña y modesta colección, un territorio cotidiano que recorro siempre con renovado asombro, aunque no sea nada del otro mundo: un Skanderbeg de la escuela veneciana; un San Luis Obispo anónimo; un paisaje de la Casa de Campo, de José Pérez, que heredé de mis tíos; un falso Juan Gris, que pintó mi hijo Rafael; un pequeño Modigliani; el soberbio retrato de mi padre, de Roberto Soravilla; algún Nelson Zúmel, de mérito; varios Fernández Molina, con el que tanto quiero; algunos Donnay, muchos cuadros espléndidos de mi hija y un extraordinario retrato de Rosalina, de Josechu Dávila, que merecería el Thyssen. De mi mujer hay un dibujo de jovencita de Pedro González Arruza, delicioso. Tengo cosas de poetas: collages de Gradolí, un dibujo de Raúl Herrero o foto montajes de Fernando Millán. En grabado, mucha obra moderna de Manuel Castro-Gil, un tipo genial que trabajó para la Fábrica de Moneda y Timbre española y que ahora comienza a ser valorado y en dibujo, algo del XIX y principios del XX y cosas de Vallejo, Liébana, Seco, Sobero o Conesa. De los años treinta, dos originales de José Longoria (un claro de luna y una dama) verdaderamente extraordinarios. Longoria, en la misma estela de Penagos, está todavía por descubrir.
A mí, me han retratado mis amigos, Ángel Frontán, José María Boluda y Antonio de Sousa Lara. También mi hija y Vicente Sobero. Me miro en sus telas y me encuentro extraño. Soy yo y no soy yo. El tiempo pinta, pero miente. Todos ellos mienten. Tengo para mí que la pintura es, esencialmente, una impostura de los sentidos, una nueva realidad totalmente compuesta de cosas irreales. A eso, creo yo, aspira la poesía. La mía, desde luego.
Por eso, al cabo de los años, cuando ya me voy acercando a la cordura, he querido reunir en un libro, algunos textos poéticos que he ido dedicando a la pintura o a los pintores más cercanos del alma. Hay cálculo en ellos, y artificio también, porque los poetas mienten igualmente. Mentimos. La poesía crea paralelismos entre cosas dispares y las une en un parentesco identificable. Hay una oscura relación entre poesía y pintura que no participa de un origen común y sin embargo tiene un final semejante. Es, de seguro, el engaño. El arte, todo el arte, incluso la poesía, es engañoso. No olvidemos que, contrariamente a lo que se dice, en ocasiones la palabra vale más que mil imágenes.


                                   El poeta José María de Montells y Galán



Berta pinta [1]


Mi hija pinta desdibuja rica tela
Se ve una puerta oscura un elocuente
Azul y una gama de ocres un misterio/

Berta pinta un alma que es su vivo retrato
Una sórdida faz una elegante mano
Agrestes pinceladas de lo gris de lo humano
Fechorías diurnas de fúnebre aparato/

En este lienzo que su mano pinta no existe el tiempo
Contra el tiempo de la boca oscura mi hija pinta
Suavemente ilumina y envejece tenue luz
Débil bruma que abruma intemporal un sueño/

Un sueño de la bruma que soñaba el misterio
La misma soledad la indefensión suprema
Apagada luz que hacia lo oculto avanza/

Berta pinta en silencio
Desdibuja las sombras que son sombra y son sombra/




[1] Durante el mes de junio de 2001, mi hija Berta pintó un retrato al que hizo sucesivas y varias transformaciones. Seguí muy de cerca ese misterioso proceso, tan de mi gusto. El poema se publicó en la plaquette blanco lienzo tose nieve y en Cuadernos del Matemático.


 
En la contraportada de la última creación de José María de Montells, figura una reflexión de nuestro también amigo, el Marqués de la Floresta, que les ofrezco para concluir esta literaria entrada de hoy:

Y es así como se destaca la figura del doctor don José María de Montells y Galán, formado mediante estudios superiores, que luego ha sabido ampliar y diversificar hasta alcanzar una envidiable interdisciplinariedad: historiador con fundamento bien acreditado en varios miles de difundidas -y denostadas, y plagiadas- páginas, escritor fino y hasta poeta memorable- nunca olvido aquellos versos dedicados a memorar al Papa Luna, cuando meditaba en la penumbra su condición  sombría.


Pero Pepe Montells, permitidme la familiaridad, es mucho más que eso, es un amigo excelente, un dandy, un verdadero esteta, un finísimo humorista que sabe reírse de todo, y en primer lugar de sí mismo -que es la condición principal e inexcusable en quien posee sentido del humor.
El hombre superior transforma cualquier ámbito de cuanto emprende. La proyección de la personalidad de Pepe Montells es tan fuerte que mejora a quienes tenemos la suerte de gozar de su trato y perfección con su desvelo, con su obra y su servicio a la sociedad. Su espíritu selecto -y ese afán por lo selecto se destila en sus obras- huye de lo vulgar, de quienes aceptan su condición ágrafa y sombría. A quienes le
atacan, le copian o le plagian, Montells no les desprecia, les ignora con una suprema elegancia que yo envidio mucho.

Alfonso Ceballos-Escalera

Vizconde de Ayala y Marqués de la Floresta

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