SERVUS HISPANIARUM REGIS



martes, 8 de julio de 2014

JUANA LA BELTRANEJA: LA CONSTRUCCIÓN DE UNA ILEGITIMIDAD (I)

Armas de la Reina Juana de Portugal, madre de la Princesa Juana
Diseño: Heralder

El próximo viernes 11 de julio, a las 19 horas, y en la tienda FNAC del Paseo de la Castellana de Madrid, tendrá lugar la presentación de un interesante libro sobre Doña Juana la Beltraneja que lleva por sugerente título: Juana la Beltraneja: la construcción de una ilegitimidad.
Su autor, Óscar Villarroel González, reflexiona y analiza los pasos dados por la nobleza contraria a Enrique IV para convertir a la Princesa Juana de Trastámara, heredera al trono de Castilla; en Juana la Beltraneja, ilegítima rival de Isabel la Católica.



Enrique IV fue apodado en su tiempo por sus adversarios el Impotente, no tanto por no haber tenido descendencia de su primera esposa, Blanca de Navarra, como por ser de dominio público la dejación que hacía de sus obligaciones conyugales. Por eso, cuando su segunda esposa, Juana de Portugal, dio a luz una niña, esta fue atribuida a una supuesta relación adúltera de la reina con uno de los privados del monarca, Beltrán de la Cueva; de ahí que se motejase a la princesa como la Beltraneja, a pesar de ser esto imposible por no concordar las fechas.
El 9 de mayo de 1462, pocos meses después de su nacimiento, Juana fue jurada en las Cortes de Madrid como Princesa de Asturias y heredera del reino.
El rey Enrique IV de Castilla
Unos dos años de edad contaría la princesa durante el apogeo de las revueltas nobiliarias contra Enrique IV, que acusaron de ilegítima a la princesa y tomaron partido por el hermano del rey, el infante Alfonso. El monarca intentó solventar la sublevación nobiliaria acordando el matrimonio de Alfonso con su hija Juana; así, en 1464, Alfonso fue proclamado heredero y sucesor del reino.
El mismo Enrique IV propuso al rey Alfonso V de Portugal poco antes, el enlace de Juana con el infante Juan, hijo del portugués. Ni uno ni otro proyecto se realizaron, y en cambio el monarca de Castilla desheredó por segunda vez a su hija al reconocer, en el Tratado de los Toros de Guisando, como princesa de Asturias a su hermana Isabel, siempre y cuando ésta casara con el príncipe electo por él. No mucho más tarde, en 1468 y en 1469, se trató de casar a Isabel con Alfonso V de Portugal, hermano de la reina de Castilla, y a Juana, renovando el antiguo proyecto, con Juan, hijo primogénito de Alfonso V, con la condición de que Juana sucediera a Isabel si esta moría sin ningún hijo. Tampoco se realizó este proyecto.
Inscripción que recuerda la avenencia entre Enrique IV y su hermanastra Isabel en la Venta juradera de los Toros de Guisando
Foto: Cruccone
Es curioso que siendo hija del rey Enrique IV, la mayor parte de su vida vivió custodiada por la nobleza, que tenía en ella un valioso rehén: desde 1465 hasta 1470 la custodió el conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza, en los castillos de Buitrago de Lozoya y Trijueque; desde 1470 a 1474, Juan Pacheco, en el castillo de Escalona y en el Alcázar de Madrid; y entre 1474 y 1475 Diego López Pacheco en el Alcázar de Madrid y en los castillos de Escalona y Trullijo.
Casó luego en secreto Isabel con el infante Fernando de Aragón en 1469, rompiendo lo dispuesto en el tratado con su hermano Enrique IV. Éste, que durante toda su vida prodigó a su hija las muestras de afecto paternal, dio respuesta favorable a los embajadores de Luis XI de Francia, que le pedían la mano de Juana para el Duque de Guyena, hermano del francés. Las capitulaciones matrimoniales se firmaron en Medina del Campo en 1470.
A petición de Juan Pacheco y de los embajadores de Francia, revocó Enrique IV el Tratado de los Toros de Guisando, después de jurar, juntamente con su esposa, que la infanta Juana era su hija legítima. El 26 de octubre se verificó la ceremonia en Valdelozoya en una pradera convenientemente dispuesta para tal propósito, no lejos de Buitrago de Lozoya, y después que los nobles presentes prestaron a la infanta el acostumbrado juramento de fidelidad como heredera de la corona, acto que no llegó a ser sancionado por las Cortes, se desposó a la princesa con el conde de Boulogne, representante del duque de Guyena. El cardenal de Albi, uno de los embajadores de Luis XI, fue en aquel día el encargado de tomar juramento a los reyes y verificar los desposorios.
La histórica Buitrago del Lozoya, dominio de los Mendoza
Foto: Carlos Delgado
La crítica histórica no ha podido todavía comprobar la verdad de una disposición testamentaria en la que Enrique IV declaraba a Juana su hija y heredera, pues son muchos los que creen que aquel monarca, dando una muestra más de su ordinaria imprevisión, murió el 11 de diciembre de 1474 sin haber otorgado testamento. En sus últimos días había visto Enrique desbaratado el enlace de Juana, porque dicho duque falleció en 1472. Por esta causa realizó el castellano nuevas e infructuosas tentativas para procurar un apoyo a su hija, casándola con el citado Alfonso V o Juan de Portugal. Se pensó también en dar a Juana por esposo a Enrique Fortuna, infante de Aragón, o a Fadrique, infante de Nápoles.
Algún historiador supone que existía un testamento de Enrique favorable a su hija; que este testamento fue ocultado a los castellanos, y que Fernando el Católico lo destruyó después de la muerte de Isabel. Es evidente que si existió dicho documento, los adversarios de Juana procurarían ocultarlo, como cualquier otro que pudiera fortificar los derechos de aquella infanta.
Muerto Enrique IV, casi toda la nobleza apoyó la causa de Isabel, y con ella, la alianza de las coronas de Castilla y Aragón; pero algunas familias muy poderosas de Castilla abrazaron el partido de Juana.
Juana había sido reconocida como reina por Diego López Pacheco, Marqués de Villena, de gran influencia en los territorios castellanos al sur del Tajo por sus inmensos estados, que se extendían desde Toledo a Murcia Lo mismo había hecho el Duque de Arévalo, que disfrutaba de notable crédito en Extremadura, y en el mismo bando ingresaron el Marqués de Cádiz, el Maestre de Calatrava, un hermano de este y el arzobispo de Toledo, Alfonso Carillo.
Escultura representando al Arzobispo Carrillo en la ciudad de Alcalá de Henares
Foto: Raimundo Pastor

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